A UN AÑO DE LA MUERTE DEL PAPA FRANCISCO, SU LEGADO SIGUE MARCANDO A LA IGLESIA Y AL MUNDO

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21 de Abril del 2026, 17:59 hs

Al cumplirse un año de la muerte de Francisco, los homenajes y recordatorios que se hacen —en Argentina y en el mundo– hablan por sí solos de la marca que el primer papa argentino y latinoamericano dejó en la Iglesia Católica, pero más allá de las fronteras institucionales del catolicismo en la sociedad internacional en su conjunto. Así, el hombre que se autotituló como «el Papa que vino del fin del mundo» se convirtió –por sus prédicas y sus acciones– en el mensajero que llegó con sus palabras y sus gestos a los confines del globo. No solo porque totalizó 47 viajes internacionales por 66 países en todos los continentes y recorrió casi 470 mil kilómetros, sino fundamentalmente porque amplió las audiencias tradicionales del catolicismo.

En su viaje a Brasil (2013), al comienzo de su pontificado, les pidió a los jóvenes que «hagan lío» en la calle, en la sociedad y en la propia iglesia. Ahora Buenos Aires fue testigo de ello el sábado por la noche cuando miles de jóvenes (y muchos otros que no lo son tanto) se congregaron en Plaza de Mayo para recordar a Jorge Bergoglio al ritmo de la música electrónica del DJ y sacerdote católico portugués Guilherme. En 2015, en Bolivia, animó a los dirigentes de los movimientos sociales, a los que bautizó como «poetas sociales», a luchar por sus derechos bajo el lema de «techo, tierra y trabajo». Para hablar del tema, los invitó varias veces al Vaticano.

A través de sus mensajes y documentos magisteriales, el Papa que llegó a Roma desde Argentina y América Latina amplió la agenda del debate para pronunciarse sobre las injusticias de la economía mundial, la responsabilidad de los poderosos y la lucha de los pobres y marginados por sus derechos, sobre los derechos humanos en general, pero también sobre el cuidado «de la casa común» y el medio ambiente, la ecología integral y la condena permanente de la guerra, promoviendo la paz en todos los confines del mundo. En esto involucró y comprometió a la diplomacia vaticana, facilitando en su momento el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos e intentando mediar en la guerra entre Rusia y Ucrania.

Se podrá decir que hubo más fracasos que éxitos en varias de esas gestiones, al igual que en los esfuerzos por lograr una reducción de la carga de la deuda externa de los países pobres. Sin embargo, Francisco dejó abierta la agenda y marcó el camino de batallas en algunos casos olvidadas por otros líderes mundiales.

Una iglesia de puertas abiertas:
_ Hacia el interior de la propia Iglesia Católica, abrió las puertas a «todos, todos, todos», como solía decir. A los fieles que fueron y no se atrevían a volver porque se divorciaron y se volvieron a unir en pareja, a las mujeres a las que otorgó responsabilidades de gobierno en la Iglesia, a la comunidad LGTBQ+ que antes se sentía rechazada en el ámbito eclesial, a las otras religiones y credos con los que instaló un diálogo permanente en función de lo que él consideró responsabilidades comunes, como la búsqueda permanente de la paz en el mundo. Poniendo en práctica los acuerdos del Concilio Vaticano II, Bergoglio abrió las puertas de la iglesia para que entrara allí aire fresco, asumiendo también la tragedia de los abusos cometidos por ministros eclesiales y buscando poner límite a los sectores ultraconservadores que lo combatieron hasta el último día.

Entre los aciertos que se le reconocen a Francisco está haber utilizado en su magisterio un lenguaje cercano al pueblo sencillo. Se despojó de parte de la tradicional pompa ceremonial del Vaticano y respaldó sus dichos con gestos como seguir viviendo en el sencillo hotel religioso Santa Marta, el mismo lugar donde solía alojarse en sus frecuentes visitas a Roma antes de ser elegido papa.

Estos —y muchos más que no se registran aquí— son parte de los motivos por los que hoy, a un año de su muerte, la sociedad argentina e internacional le reconoce a Francisco su legado y su contribución a la sociedad y a la iglesia. También hay quienes, sin que se lo hayan dicho nunca personalmente, hoy reconocen que «Francisco me cambió la vida».

Testimonios sobre Francisco:
_ En el aniversario de su muerte, Página/12 recogió testimonios de personas de distintas partes del mundo que lo conocieron, estudiaron su pensamiento y compartieron también espacios de trabajo con Bergoglio.

Fortunato Mallimaci, exdecano y profesor emérito de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, doctor en sociología de la religión, define el papado de Francisco «como irrupción global de una sensibilidad cristiana desde los pobres, ninguneados, descartados y que busca descentrarlo de Europa y lo occidental desde la justicia social, la ecología integral y la casa común». Resalta «el diálogo con todas las religiones como camino de fraternidad universal junto a ayatolas, imanes, rabinos y patriarcas». Y desde el costado social, recuerda que Bergoglio «criticó al mercado desregulado que se presenta como Dios y sagrado, deslegitimador de un individualismo radical, de un capitalismo salvaje que no respeta la dignidad y sacralidad de la persona», subrayando, una y otra vez, que «nadie se salva solo».

Emilce Cuda, nacida en Buenos Aires en 1965, es doctora en teología y profesora universitaria; laica, casada y con dos hijos, reside actualmente en Roma, donde se desempeña a su vez como secretaria de la estratégica Pontificia Comisión para América Latina. Estuvo muy cerca de Francisco durante todo su pontificado. Recientemente fue designada por León XIV como consejera del Dicasterio (ministerio) para el Diálogo Interreligioso. Aquí brinda su testimonio personalísimo sobre la incidencia de Bergoglio en su vida. «Francisco, con su reconocimiento, dio sentido retroactivo a todas las decisiones que fui tomando a lo largo de mi vida. Qué estudié, dónde trabajé, qué padecí y qué elegí parecía un sinsentido hasta que él me pidió servir a la Iglesia, y recién ahí todas esas experiencias se pusieron en valor. En síntesis, un ejemplo concreto de por qué es importante el reconocimiento en relación con la dignidad humana. Somos quien somos cuando alguien nos reconoce y confía en nosotros. Eso hacía Francisco», dice desde Roma ante el requerimiento de Página/12.

Ana María Bidegain, uruguaya de nacimiento (1948) y latinoamericana por opción de vida, es laica, doctora en historia por la Universidad Católica de Lovaina, especializada en historia de la Iglesia Católica latinoamericana. Desde 1979 forma parte de la Comisión para el Estudio de la Historia de la Iglesia en América Latina (CEHILA). Hasta el año anterior fue presidenta del Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos (MIIC) y antes participó en organizaciones vinculadas al apostolado católico entre jóvenes y estudiantes de todo el mundo. Fue una de las mujeres a las que León XIV nombró consejera del Dicasterio (ministerio) para el Diálogo Interreligioso. Sobre Francisco dice que «recuperó el camino sinodal propuesto en el Concilio Vaticano II y lo vio como una alternativa para contrabalancear el clericalismo, raíz de los abusos, los cuales han llevado a la mayor crisis de la Iglesia católica contemporánea». Para Bidegain fue «un camino sinodal que, si bien fue emprendido por algunos obispos latinoamericanos en el inmediato posconcilio, fue reorientado y reinterpretado en los dos pontificados anteriores (Juan Pablo II y Benedicto XVI)». Destaca especialmente «el aumento de la presencia femenina dentro de la burocracia vaticana, un veinticinco por ciento que incluye cargos clave. Por ejemplo, el Gobierno del Estado Vaticano lo preside Raffaela Petrini, religiosa franciscana. Con ello enfrentó al poder tradicional en la Curia». Sostiene que Bergoglio «humanizó el papado. Simplificó hasta donde pudo su indumentaria y su manera de vivir». Y como ejemplo y testimonio personal relata que «me consta que, a los rioplatenses, así estuviéramos en una audiencia oficial, Francisco nos preguntaría por qué no habíamos traído el mate».

El colombiano Alexander Buendía Astudillo es doctor en Ciencias de la Educación por la Universidad del Cauca e integra el Instituto Secular Pío X. Actualmente se desempeña como docente e investigador en la Universidad de Popayán en su país natal. Considera que «Francisco nos dejó una Iglesia distinta a la que encontró». Y argumenta que «no es porque la haya renovado desde los despachos, sino porque la sacó a la calle, la puso en movimiento, la invitó a salir de sí misma hacia las periferias —geográficas, existenciales, espirituales— donde la humanidad sangra en silencio. Esa imagen de una ‘Iglesia en salida’, que él repitió con convicción hasta el final, no era retórica pastoral: era un programa de vida».

Y agrega que la partida de Francisco el 21 de abril de 2025, «un Lunes de Pascua, como si hasta en eso hubiera querido decirnos algo— nos confrontó con una pregunta que la fe no resuelve del todo: ¿qué viene después de alguien así? Porque Francisco no dejó solo un magisterio escrito; dejó un estilo, una gramática de cercanía que había enseñado con gestos tan simples como lavar pies, abrazar enfermos o llamar por teléfono a personas anónimas que le escribían en la oscuridad de sus noches. Ese estilo no se hereda con el pontificado; se aprende o no se aprende, y esa es quizás la herencia más difícil de sostener. La Iglesia que él soñó —pobre, misericordiosa, sinodal, comprometida con la tierra y con los descartados de la historia— sigue siendo una tarea pendiente, un horizonte que él señaló con claridad y que ahora le corresponde a la comunidad entera, laicos y pastores, continuar buscando. Nos queda su voz, su ejemplo y, para quienes creen, la certeza de que los hombres de Dios no terminan cuando mueren: siguen interpelando».

Radiodos.com.ar

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